Por Olga Cosentino

Para convertirse en actor, director, dramaturgo o docente de la escena basta con vivir el teatro como una necesidad básica. Y esa vivencia es algo que lleva Hernán Gené en su ADN, nada más que por haber nacido de uno de los más notables creadores de las artes escénicas de la Argentina.

Pero haber llegado a conocer y dominar la teatralidad del cuerpo del actor y haberse convertido en un maestro de esa disciplina, con credenciales a ambos lados del Atlántico es, claro, consecuencia del talento personal y del legado biológico pero –acaso y sobre todo–, de la experiencia histórico biográfica que lo atravesó. Porque el joven actor que era Hernán en los primeros 80 tuvo que pasar inexorablemente por la exposición física a la dictadura militar que se había iniciado en su país cuando él ya tenía XX años. De tal manera que hacer teatro, apenas salido de la adolescencia, fue el equivalente a poner el cuerpo de la manera más rotunda y literal. Ponerlo en acción, vivo, latiendo, gesticulando, riendo, llorando, reclamando y ofreciéndose. Así, hasta que junto a un grupo de compañeros de generación y de inspiración, encontró en el clown un registro expresivo dentro del cual la ironía, el disparate y la liberación orgánica del cuerpo en escena dieron origen a El Clú del Claun, un grupo que ya desde el nombre se negaba a las ataduras de cualquier gramática lingüística, social o cultural.

Aquél sería sólo el primero de una serie de saltos mortales, acrobacias regocijantes y osadías estéticas que orientarían sucesivas exploraciones de Hernán Gené por España –donde se afincó– y por toda Europa, América y Asia, en un peregrinaje proveedor de siempre inquietantes hallazgos. Las estaciones de esa itinerancia incluyeron la fundación del colectivo La Cuadrilla, la compañía Extra-Vagante Teatro y la Escuela de Circo Carampa, así como los trabajos de investigación junto al Odin Teatret o la ISTA (International School of Theatre Anthropology) del legendario maestro Eugenio Barba. En ese recorrido también hay que contabilizar sus participaciones artísticas en distintas compañías, como la vasca Ur Teatro, el Centro Dramático Gallego, el grupo Octopusi, de Marbella; o Payasos sin Fronteras, y sus aportes pedagógicos a través de cursos, talleres, publicaciones y seminarios de comicidad, creatividad actoral, manejo del cuerpo y la voz, o abordajes circenses y antropológicos del hecho escénico en España, Argentina y otras plazas internacionales.

Los premios Max al teatro con que España distinguió, en 2005, su espectáculo Los Horacios y los Curiacios, fueron apenas la confirmación explícita y pública de una excelencia escénica que sin haber buscado la vidriera del show, fascinó por sus valores genuinos y conquistó aplausos y galardones indiscutiblemente merecidos. A su versión para clowns de Sobre Horacios y Curiacios se le reconoció la osadía de haber acercado a Bertolt Brecht al siglo XXI, alejándolo. O lo que es lo mismo: haber forzando hasta lo bufonesco la fidelidad al método del distanciamiento creado por el dramaturgo alemán.

Hoy, Hernán Gené es un referente iberoamericano con proyección internacional de la potencialidad dramática de la broma y del nervio multiplicador de sentidos que late en el cuerpo del actor. Con una y otro sigue interpelando el misterio y obteniendo teatralidad como respuesta.

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