Hernán Gené :: Blog

Macbeth, Banquo y las brujas por Théodore ChassériauMacbeth cabalga de regreso junto a su compañero, Banquo, tras una sangrienta pero exitosa batalla.

Encuentra en su camino unos seres extraños -brujas, dicen-, que lo saludan con su título y con uno más, thane de Glamis , que no le pertenece; luego le anuncian que en el futuro será rey. A su amigo también le hacen una extraña profecía: no será rey pero sí será padre de reyes. Las brujas se desvanecen en el aire y a poco Macbeth recibe la noticia de que le ha sido otorgado aquel título profetizado que no le pertenecía. La primera profecía se ha cumplido.

Ahora Macbeth, instado por su mujer, decide asesinar al rey y culpar al heredero para hacerse con la corona… Lo hace y así comienza una serie de asesinatos para mantenerse en el poder y, a la vez, evitar que se cumpla la siguiente profecía: que Banquo no será rey pero su hijo sí. Pero como las profecías son profecías, Banquo es muerto pero su hijo consigue escapar.

Pero, me pregunto y siempre me he preguntado, ¿por qué hace eso? Si la primera profecía se ha cumplido tan fácilmente y estando él mismo en la línea de sucesión (no en el primer puesto, pero sí unos pocos detrás) no tenía más que sentarse a esperar que los hados volvieran a manifestarse a su favor. Y la silla sería por demás cómoda: tiene varios títulos de nobleza, tierras, poder, y el enorme cariño y agradecimiento del rey.

¿Cómo es que no se plantea “bien, las brujas me profetizaron que sería thane de Glamis y, no sé cómo, eso se cumplió; ahora sólo me resta esperar a que, sin tampoco saber cómo, me nombren rey.”? ¿Por qué inicia una serie de infernales actividades, comenzando por el asesinato del rey, su benefactor, y que devienen en la enorme tragedia que Shakespeare nos legó. Macbeth, el asesino del sueño… Macbeth, que se atreve a levantar la tapa del infierno y mirar dentro…

Incluso, una vez muerto el rey se lanza Macbeth a una serie de asesinatos para mantenerse en el poder y, a la vez, evitar que se cumpla la siguiente profecía: que Banquo no será rey pero su hijo sí. Pero como las profecías son profecías, Banquo es muerto pero su hijo consigue escapar. Una prueba más de que las profecías se cumplen.

Tampoco su mujer parece ser más sabia al respecto: suponiendo que el destino de rey de su marido suponga el destino de asesino, ¿por qué apresurar las cosas de esa manera? El rey anuncia que pasará la noche en casa de los Macbeth -un honor envidiable por cierto-, para seguir camino a la mañana siguiente. ¿Pero es necesario precipitar las cosas y forzar el asesinato ya mismo? ¿No lo podrían pensar un poco mejor, con un poco de calma? Si el destino ya estaba escrito y fuese incluso el que Macbeth asesinara a su rey, ¿cómo podría ser que no hubiera otra oportunidad?

Sin embargo las brujas nunca hablan de asesinato: no dicen “salve Macbeth, que serás rey asesinando al rey”. No, sólo dicen “salve, Macbeth, que en el futuro serás rey.”

Para que al público no le quede duda de que las brujas ven más allá (y de que Macbeth no necesitaba meterse en tantos problemas) le hacen, una vez coronado y ya despeñándose en esa espiral infernal en la que se ha convertido su vida, dos nuevos anuncios: que no será vencido hasta que vea que el bosque que tiene delante de su castillo avance hacia él y que ningún hombre nacido de mujer podrá matarlo. Profecías por demás extrañas pero que se cumplen acertadamente en su momento.

Algo parecido sino lo mismo ocurre en “Los caballeros”, de Aristófanes: Nicias y Demóstenes, se lamentan de vivir sojuzgados por el gobierno corrupto y despiadado de Cleón,  así que deciden robarle un oráculo que el tirano guarda celosamente. Lo hacen y allí leen que la profecía dice que el tirano será derrocad por un vendedor de chorizos. Pues bien, ¿qué hacen estos dos en lugar de esperar a que la profecía se cumpla? Se lanzan a convencer al primer vendedor de chorizos que aparece de que se enfrente al tirano.

Bien es cierto que Nicias y Demóstenes no tienen el antecedente que sí tiene Macbeth (thane de Glamis) que verifica la eficacia de las profecías, pero sí es claro que creen en ellas y si es así ¿por qué no esperar a que se cumplan por sí mismas?

Claro que si los personajes no cometieran estos desatinos las obras no ocurrirían y debemos agradecer, en tanto que público y gentes de teatro, que tanto Macbeth y su esposa, como Nicias y Demóstenes se comporten tan compulsiva y precipitadamente, o de lo contrario no disfrutaríamos de las piezas. Hay que reconocer que el sentido común y la prudencia no son características sabias para los personajes.

Un Mal Endémico

Uno de los males habituales que asola al teatro es el de Los Directores Que No Dirigen. Una plaga muy extendida.

Sencillamente se sientan y, haciendo alarde de su ignorancia (muchos de ellos ignoran su propia ignorancia) dejan que los actores hagan lo que puedan.

¿Qué es dirigir?, me pregunto.

Dirigir supone justamente eso: marcar un rumbo, una dirección -me respondo-, señalar un punto de llegada.

Con distintas artes, el director seduce al equipo para llevarlo en la dirección que ha elegido. Busca y define un estilo de interpretación común al elenco, y sienta las bases de toda búsqueda -no sólo la suya propia, sino la de todos los que le rodean en el trabajo, empezando por los actores.

Durante la travesía puede suceder que el rumbo cambie, que el derrotero se vea alterado un sinnúmero de veces por diversas circunstancias: nuevos descubrimientos en la pieza a montar, aportes de los componentes del equipo artístico y técnico, cambio de actores, acontecimientos varios, incluso fuera del ámbito teatral, etc..

Pero siempre será, debe ser, el que lleve la nave hacia el puerto que ha elegido y de la forma que ha elegido.

Incluyendo esta actividad de dirigir muchísimas responsabilidades y un enorme trabajo, ésa es, a mi entender, la tarea primera de un director de teatro.

Los Directores Que No Dirigen creen muchas veces que porque el actor se ha aprendido la letra para el primer día de trabajo y la puede decir con cierto encanto, y porque ha traído al ensayo una propuesta, generalmente vaga, de personaje, creen, digo, que todo va bien, y como no saben qué hacer -porque no lo saben, lo terrible es que no lo saben- dejan que la cosa transcurra sin siquiera participar.

Entonces sucede lo peor: por un lado, como alguien tiene que dirigir, la responsabilidad cae en manos de los intérpretes que, de manera consciente o inconsciente, se hacen cargo del estilo y de la puesta en escena. Deciden cuándo entrar, cuándo y por dónde salir, por donde caminar, qué tempo y qué ritmo utilizar, etc. Y lo que me parece aún peor, toman, inevitablemente, decisiones que hacen a la ideología del espectáculo. Y todo porque han caído en manos de alguien decididamente nulo para la tarea que debe llevar. (A menudo el actor no se da cuenta de que elevando el tono en tal o cuál réplica, o mirando o dando la espalda a su interlocutor en tal o cuál situación, etc., está definiendo la idea del espectáculo y esto, antes que nada, es la tarea del director)

Y por otro lado crean un clima de trabajo enrarecido, cansino, a la vez que favorecen esa actividad tan cara a los actores: la queja vedada y secreta.  

No me estoy refiriendo a directores a los que les gusta permanecer callados o aquellos que saben estimular el trabajo y nutrirse de los frutos que ese trabajo da para su puesta en escena; tampoco me estoy refiriendo a los que trabajan casi exclusivamente a partir de lo que el actor crea. Ni me estoy refriendo a los que se dedican sólo a trabajar la puesta en escena y dejan al actor librado a su suerte. Bien o mal esas son formas personales, y como tales nada cuestionables, de llevar la nave a destino.

Me refiero a los que no hacen nada que tenga que ver con dirigir el espectáculo hacia algún sitio. A los que un día, digamos entre la segunda y tercera semana de ensayo, dicen “Pasemos de la escena 1 a la 7” y al terminar ese pase dicen “Muy bien, muy bien. Hagámoslo otra vez, ahora hasta el final”. Como son ignorantes, dejan que pasen los ensayos así, trabajan en general, desoyen los múltiples pedidos de ayuda de los actores, se sienten agredidos a la primera observación de que al trabajo tal vez le falte algo.

 

Son ignorantes, y por eso desaprovechan la concentración de talento que se ha dado cita en la sala de trabajo, y firman espectáculos que el público no debería ver jamás.

Si son afortunados, un grupo de buenos actores le hace el espectáculo y ellos salen bien parados. Por mi parte, como actor, detesto hacer el trabajo que debería hacer otro y les huyo como a la peste, aunque a veces, no advertí el mal a tiempo y debo confesar que me encontré pillado, atenazado y fastidioso -porque trabajar con ese tipo de directores me fastidia- y termino entristecido por nuestro malogrado arte, que tan a merced de incompetentes se halla. Y así, entristecido, me pregunto por qué los actores favorecemos y permitimos que esta plaga se extienda y sobreviva.

 

Luego nos extrañamos de que la gente no quiera ir al teatro…

 

Newsletter: