Si vas a un concierto de los Rolling Stones, por ejemplo, puede suceder que al finalizar, y luego de la ronda de bises, los músicos se  retiren del escenario y que el público continúe aplaudiendo durante casi diez minutos hasta que el grupo regrese a saludar y acaso a tocar otro bis.

A eso le llamo yo “ganarse el aplauso”.  A veces sucede algo similar en la ópera, otras, pocas veces, en el teatro.

Un aplauso lleno de sinceridad, de agradecimiento, espontáneo y hasta necesario para quien lo produce, una descarga de energía que espontáneamente, recorre el cuerpo y se manifiesta con ese batir de palmas.

El público, generoso por naturaleza, aplaude mientras los artistas estén en escena. Sería una grosería dejar de hacerlo mientras todavía están allí.

Y cierto es que hay muchos, demasiados, artistas que, con conciencia de esto o sin ella, abusan de la generosidad del público haciéndose aplaudir quedándose más de lo necesario en el escenario y volviendo a él casi antes de haberlo abandonado, no sea cosa que dejen de aplaudir. A esto le llamo “robar el aplauso”.

Entre obtener un bien robándolo, con malas artes como se dice y nunca mejor dicho, o ganándoselo con el trabajo nuestra sociedad no duda en elegir lo segundo sobre lo primero; pero sin embargo la naturaleza generosa del público hace que este aplauda (y así avala el uso de malas artes) si el artista se lo exige, como por ejemplo tantos artistas callejeros que vemos a diario: salen a escena y sin antes haber hecho nada en absoluto reclaman el aplauso.

Exijo, del artista que sea, un enorme esfuerzo para aplaudirlo y más si es antes de tiempo, digamos antes del final, en el que aplaudiré por convención y por convicción de que bien o mal, acertado o fallido, el esfuerzo está hecho y merece un reconocimiento físico y sonoro.

El aplauso hay que ganárselo.