Mil palabras

Hernán Gené

¿Qué es un clown?

Cuando busco fuera de mí una respuesta a esta pregunta suelo obtener definiciones del tipo “es el alma en el escenario”, “es poesía en movimiento”, “es el niño de cada uno”, “es alguien que es muy sincero”, “que no puede ocultar nada”, etc.

¿Es verdad? ¿Es eso? Podríamos decir que sí…

Prometí un artículo de mil palabras para el Ambidextro y no sé qué escribir… Intento algo sobre técnica y personaje, pero las palabras se atoran al no ver claro qué decir… esbozo una definición de clown que se olvida fácilmente…

Mil palabras, ¿de dónde saldrán? Y lo que es peor, o más importante, ¿de qué hablarán? ¿Del nuevo curso? ¿De los sueños del los nuevos alumnos del anual? ¿Del segundo nivel del anual? ¿De la desastrosa programación del circo Price? ¿De la experiencia “El tiempo de los abrazos”? Tengo la fecha de entrega encima.
Voy a mirar mi correo.

Reviso notas antiguas buscando inspiración… Encuentro algo que puede ser interesante desarrollar:

Todos los actores que conozco miran al público. Si el director del espectáculo lo ha prohibido, ellos lo hacen en algún momento en el que se creen fuera del foco central de la escena, o van por los teatros perpetrando agujeros en las cortinas (rara vez se les ocurre buscar los que ya están hechos) y lo espían durante la representación. Mirar al público forma parte del ser actor. Los clowns hacen obvia esta necesidad y miran al público de frente y francamente. Para ellos el gusto de compartir el espectáculo con sus espectadores comienza por los ojos. Esta mirada encierra muchas cosas pero antes que nada le dice al público: “mírame, hago esto para ti, si no me miras no tiene sentido hacerlo, ¡mírame!, ¿te gusta?”.

En ese aspecto los clowns son como niños que permanentemente reclaman la atención de los mayores…

Me levanto a limpiar la cocina, tal vez así…
Ya esta. Ahora me voy a cocinar algo y a ver Los Simpsons.

Recordando mi pasado (¿Qué otra cosa se puede recordar?) busqué los nombres de algunas compañeras de primaria en Internet. Hebe Wilson parece que es médica; Clara Bua puede ser guía turística en bicicleta en Bariloche…; y María Eugenia Nano, reconocida oftalmóloga.
Mejor, trabajemos en las mil palabras…

Es fácil confundirse y pensar que como se ha creado un personaje a partir de una búsqueda de las características que el mismo actor tiene de ese personaje entonces el personaje es uno mismo.

En lo que respecta a los clowns la idea me parece absurda: creer que ese señor con la cara pintada y el pelo de colores, con un traje por demás extravagante, que es incapaz de dar tres pasos seguidos sin cometer algún error garrafal, que es vapuleado por sus compañeros y allegados, es el mismo que luego de la función se va a su casa y sigue su vida de torpezas es una idea más bien digna de un parvulario que de profesionales.

Esto me gusta, por aquí vamos bien. Ahora sólo será cuestión de dejarse llevar.

¿Acaso alguien verdaderamente cree que Chaplin, por ejemplo, hubiera podido realizar su obra en Hollywood si él y el hombrecillo de la pantalla hubieran sido el mismo? ¿Hubiera podido ese personaje construir su propio estudio, mantener su autonomía creativa, escribir guiones, dirigirlos y producirlos, componer la música de sus propias películas, enfrentarse al Comité de Actividades Antinorteamericanas para finalmente exiliarse en Suiza y pasar allí los últimos años de su vida disfrutando de su inmensa fortuna tanto material como espiritual?

Esto no conduce a nada útil para la nota…

A propósito: qué bonita la exposición sobre Chaplin que montó Caixaforum este verano de 2008…

Veo Celebrity, de Woody Allen, pero la idea no aparece y ni la tele parlando a mi espalda me da la pista… Sé que está cerca, pero no la puedo atrapar.

En nuestra profesión el gran equívoco es subirse a un escenario repitiendo los clisés y los automatismos de la vida cotidiana. La vida cotidiana por sí misma no es interesante en escena. El sólo hecho de tener que proyectar una energía a un público más o menos numeroso exige del intérprete que se sitúe en un lugar ya de por sí no cotidiano.

Y aquí se abre un gran enigma: lo que uno hace en el escenario, ¿es verdad o es mentira? Está claro que no es verdad, pero sin embargo tampoco es mentira. Nada de lo que sucede es cierto; es sólo un juego. Los juegos no son verdad ni mentira, son sólo eso: juegos.

Por más pasión que ponga en el juego, el intérprete sabe cuál es el límite, cuándo se acaba el escenario, dónde tiene luz para ser visto, en qué exacto momento debe producir tal o cual efecto, etc. De ninguna manera puede ser el mismo que por torpeza rompe cerca de cuarenta platos en escena que el que luego se quita el maquillaje y el vestuario y se va a su casa. ¿Qué?: ¿va a seguir rompiendo platos allí?

Mejor me preparo un té y espero un poco a que esta idea madure. ¡Mil palabras!

Terminé la novela de Conrad que estaba leyendo.

Mil palabras
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